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La Virgen y el Espíritu Santo

Escuchar, obedecer, viene a ser la misma cosa. La parábola del sembrador nos hace pensar en la acogida que María hizo en su corazón de la Palabra de Dios

En realidad Ella es la única criatura humana en la que la Palabra de Dios dio el cien por cien, desde el principio de su vida. El pasaje de la Anunciación es ejemplar para nosotros. Ahí descubrimos que Dios le había regalado a María un corazón que escucha. En el momento de la Anunciación, María es toda oídos para Dios. Dios le pide una colaboración y María se informa, pregunta. La escucha de María acompañada del servicio y la obediencia a la Misión que Dios le encomendó. María nunca ha dejado de anunciar la presencia del Reino de Dios a toda la humanidad. Es la gran misionera de todos los tiempos y de todos los lugares. Ella hace más atractivo el mismo anuncio del Evangelio. Cuantas personas han vuelto a la fe, o han nacido a la fe por primera vez gracias a la intercesión de la Virgen María.

¡Cuántas personas se han convertido a la sombra de algún santuario mariano, o gracias a la devoción mariana. Cuantas personas se mantienen en la fe gracias a su protección maternal!

María sigue estando comprometida con la vida de las personas y de los pueblos. 
En María, la presencia del Espíritu es muy especial. Hay una relación muy estrecha entre María y el Espíritu Santo.
María es la primera criatura que ha vivido plenamente en el Espíritu y según el Espíritu desde el primer instante de su existencia terrena, hasta su gloriosa Asunción al cielo. Por eso María es la criatura espiritual por excelencia, dotada de una gran santidad por el Todo Santo. María siempre se dejó iluminar y guiar por el Espíritu, nunca puso obstáculos a su acción.

La acción del Espíritu no la hizo pasiva, sino que María siguió siendo Ella misma.
Nunca somos tanto nosotros mismos como cuando nos dejamos mover por Dios. Nunca somos tan libres como cuando nos dejamos mover por Dios.
El Espíritu despertó en María todas sus capacidades, lo mejor de sí misma. De este modo hizo siempre lo que le sugirió el Espíritu sin retraso ni debilidad.
El Ángel Gabriel le anunció que el Espíritu santo vendría sobre Ella y el poder del Altísimo la cubriría con su sombra. Y María respondió a ese anuncio entregándose sin reservas a los planes de Dios y expresando su entrega con esas memorables palabras que resumen su vida espiritual: “Aquí está la esclava del Señor, hágase en mi según tu Palabra”.

En la visitación a su pariente Isabel, cuando llega hasta ella y la saluda, el Espíritu Santo hace que el niño salte de gozo en el seno de su anciana madre y todo el diálogo entre las dos madres está inspirado por el Espíritu de Dios particularmente el cántico de alabanza con que María expresa sus sentimientos profundos: “EL MAGNIFICAT
En las bodas de Caná, María inspirada por el Espíritu Santo intercedió e hizo posible el signo del “vino bueno”, signo de la alegría, que trae el Espíritu y que a su vez suscitó el aumento de la fe de los primeros discípulos.

En el Calvario María permanece al pie de la Cruz como testigo privilegiado y destinataria cuando su Hijo, Crucificado, exhala su espíritu.
En Pascua María siguió unida a los discípulos de su Hijo orando con ellos mientras esperaban al Espíritu Santo. Fue este mismo Espíritu el que inspiró siempre la oración de María. En Pentecostés, junto a los discípulos, espera la venida del Espíritu Santo y Ella lo recibe ahora de un modo nuevo.
La voluntad de María de colaborar con Dios no conoció límites.

Todos podemos aprender mucho de este entusiasmo impaciente de María por comunicar la alegre noticia de la presencia del Salvador.
Seguiremos en contacto
Sor Francisca

 

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