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Autobiografía de la M. María Ángeles de Cádiz

De pequeños nos encerraban en la despensa, castigados y aunque había hasta caramelos en un tarro de cristal nunca cogimos nada, ni se nos ocurrió. Natural  bonachón y alegre creo tuve desde que nací. Lo más antiguo que sé de mí es que viniendo a pasar delante de la Catedral (de Sevilla) creo me llevaban en brazos, traía unas flores y dije que aquellas flores eran  para la Virgen, entramos en la sacristía y quiso mi madre entregarlas, pero no quise soltarlas diciendo que eran para la Virgen. Un Sr. Canónigo a quien hizo gracia la porfía me cogió de la mano y fuimos a la capilla de la Virgen de los Reyes, allí me los quiso coger para ponerlas en el altar, pero no las quise soltar diciendo siempre “No son para ti, son para la Virgen” y entonces el Sr. Canónigo me cogió en brazos y subiéndome al camarín de la Virgen dicen que se las puse en la falda detrás del Niño.
 
Alrededor de los cuatro años estuve desahuciada por los médicos y creo no esperaban llegase a la tarde, cuando vino el Capellán de las Mercedarias donde había muerto hacía poco una hermana de mi madre, propuso este Señor que ofreciesen ponerme el hábito de la Merced si me curaba, lo ofreció mi madre y dicen que al poco me dormí, con extrañeza de todos... y después de un rato me desperté y sentándome en la cama dije “Ya estoy buena. La Virgen me ha curado”.
 
Aun decía mi madre que por otras cosas parecía ser visionaria de pequeñita; en esa misma enfermedad debió ser otra cosa que, como todas estas, sé por oírlo contar a mi madre. Teníamos una criada vieja de toda confianza, la única con la que nos dejaban estar y ella nos cuidaba, se llamaba Frasca. Dicen que estando sola en casa me puse a llamar ¡Frasca! ¡Frasca! Ven que tengo mucho miedo. Pero Frasca no venía hasta que pasó mucho rato y al verla venir la dije: “Ya te puedes ir, que estoy muy bien acompañada, han estado aquí la Virgen y los angelitos”.

Tal vez esto sería por la influencia de mi familia y del ambiente de “la tierra de Mª Santísima” (que  es Sevilla) que hicieron despertar desde el principio mi devoción a la Stma. Virgen, pero el milagro fue un hecho, en el que se apoya mucho mi confianza de ser especialmente protegida de la Señora.
 
Vino al Colegio del Sagrado Corazón de Sevilla donde yo iba, una monja que había sido profesora de mi madre en el colegio de Bilbao, donde ella se educó también (del Sgdo. Corazón). Fue mi madre a verla y me llevó consigo, le preguntaron que cuándo me llevaría allí. Dijo mi madre que en cuanto me admitiesen y creyendo las madres que era mayor me admitieron sin saber que tenía sólo 5 años, pero mi madre consiguió que haciendo excepción porque todavía no había “las mínimas” fuese a pesar no haber de mi edad sino otra niña huerfanita, que era tan traviesa como yo se llamaba(Conchita).
 
Como éramos tan traviesas para saber dónde estábamos tuvieron las monjas sevillanas,la ocurrencia de ponernos un cascabel a cada una y andábamos 
por la casa sonándolo el cascabel como dos gatitos (no quería contarle inutilidades  y se me escapan).

Dicen que fui charlatana de nacimiento y creo que lo soy aún escribiendo.

Sor Caridad
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