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Autobiografía de la M. María Ángeles de Cádiz III

porque no puedo aprender a hacer un lazo como el que VV. llevan” (en la toca) decían ellas que me enseñarían pero que si me atrevería a dejar a mis padres, yo les contesté “que se fuesen al asilo” y esto lo reían en casa  mis padres.

Me hicieron un delantal pequeño e iba muchas veces a servir la comida o a andar por allí a la hora de comer los ancianos y como los quería tanto el día que hice la 1ª comunión me llevaron, que por cierto sólo recuerdo de ese día la pena que tuve que aún en ese día me riñó y dio pellizcos mi madre, porque me metía por los charcos y temía me manchase el vestido blanco.

Tal vez tenían razón las monjas del Sgdo. Corazón que no quisieron la hiciese a los 7 años como deseaba mi madre y por eso la hice en la Iglesia de los Jesuitas de El Puerto, el día de Inocentes de aquel año, aprovechando unas Pascuas que fuimos a pasar con mi hermano que estaba interno en  aquel Colegio.

A los Jesuitas les debo porque ellos empujaron a mi madre y cuando volví al colegio; llevaba los recordatorios y ya comulgaba todos los días.

Solo sé que preferí, hacer la primera comunión en la Capilla de la Inmaculada, que en el altar mayor, eso fue por la Virgen, a quien siempre quise aún en los años que era peor. En vacaciones iba con mi madre a las 5 de la mañana a Misa y a comulgar, porque no quería ella faltar de casa, a la hora que empezaban a levantarse mi padre y hermanos.

Era también por entonces muy caprichosa para comer, y me costaba varios pellizcos de mi madre porque no quería  comer lo que no me gustaba, pero mi madre no cedía, porque si decía que tenía ganas de devolver mandaba traer un cubo y decía que después que devolviese seguiría comiendo; en todos estilos di más guerra que mis hermanos y era peor, creo recordar, aunque de esto no estoy cierta, que un día que íbamos a ir al Circo, nos castigaron a no ir y dijo mi madre, que si pedíamos perdón nos perdonaba, mis hermanos pidieron perdón, y yo me debí quedar por no querer pedir perdón, que eso de pedir perdón jamás lo hacía.

Poco se compagina estas cosas, con las cosas con el celo, que parecía tener por las almas porque contaba mi madre: que muy pequeña, tomaba el catecismo a los muchachos y en una ocasión, en que oí decir que los señores eran responsables, de que no fuesen a Misa los criados, se conoce que yo estuve haciendo, el examen a mi madre.

Al llegar a casa del colegio, fui derecha al lavadero (que por no dormir en casa,la que lavaba la ropa, no sabía si iba a misa) fuí a preguntarle y me dijo que sí, le pregunté si iba también su marido y como dijo que él no, la reñí mucho diciendo, que ella era la que se iba a condenar, porque no le decía a su marido que tenía obligación de ir a Misa.

Otra cosa buena recuerdo de entonces, de la que me quedó cierta conciencia, de haber obrado bien, no sé qué fechoría hice a mi hermano Rafael (de 6 años seria y yo poco más) que para vengarse cogió la única muñeca que me gustaba, que era toda de china y delante de mí, la tiró con fuerza al suelo y se hizo trizas, no me enfadó, que la ira parece que nunca me tienta, pero sentí la muñeca, y con todo hice un acto de resignación interna, como de desprendimiento; y aún tuve que consolar a mi hermano  que estaba ya con más pena que yo llorando mucho.

Algún buen efecto, debió hacer la comunión diaria, porque sería de 9 o 10 años, cuando empecé a hacer algo de oración, preparándome a la comunión con esfuerzos de portarme bien y si lo conseguía pensaba con la imaginación que había en mi alma un jardín de flores y algún sitio muy acomodado para recibir al Señor.

Si había sido poco buena, veía aquello más pobre pero cuando era mala, pasaba gran vergüenza en la comunión, porque el jardín estaba todo feo.
Tenía una silla donde se pudiera sentar el Señor. También por entonces no sé qué pensamientos tuve que creí ser pecaminosos, no sé si lo eran, solo sé que un día que estuve en la clase preocupada con ellos me dijo la maestra que si estaba mala, chocándole estuviese tan quieta y yo pensé “más valía que estuviese mala”.

Luego en unos ejercicios debí confesar esas cosas, que muy probablemente no eran materia de pecado, sino sólo que yo lo creía que eran, ni sé porqué tuve esos pensamientos, que para acabar con este asunto le diré que volví a tenerlos alguna que otra vez en la niñez y de jovencilla, pero aunque los he confesado no creo son malos, sino más bién era algo de escrúpulos.

Sor Caridad

 

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