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María del Carmen Lagasca López (Capítulo II)


Las religiosas Adoratrices, pronto se dieron cuenta de sus excelentes disposiciones y de la hermosa alma que Dios les había confiado, especialmente algunas, con quienes tuvo mayor confianza; debieron influir bastante en su formación espiritual, porque siempre conservó como un sello del espíritu de ese Instituto, no sólo en el fervor de cuanto se refería a Jesús Sacramentado, sino también en el espíritu de penitencia que en ellas había dejado rastro y estaba aún reciente, la vida de la fundadora, Santa  Mª Micaela del Santísimo Sacramento, a quien ella profesó siempre mucho afecto.

Tanto ella como las Adoratrices, siempre conservaron grande estima mutua y de ella dio ocasión a la amistad que luego la Comunidad (Capuchina) tuvo son estas religiosas.

En las Adoratrices, debió despertarse en ella o afianzarse su vocación contemplativa, reconociéndolo las monjas, ellas mismas la encaminaron a este convento de Capuchinas que se encontraba en la Plaza Conde Toreno (Madrid) haciendo al mismo tiempo una calurosa recomendación de sus excelentes cualidades y disposiciones.

Entró en la vida religiosa el 17 de febrero 1907 trayendo grandes bríos de generosidad  y decidida a dejarse formar con una entrega fervorosa. Pero pronto se dio cuenta, de que no podía esperar tal cosa del noviciado usado entonces. Nuestros noviciados antiguamente, eran muy distintos de los de ahora, como eran distintas las exigencias y disposiciones que se traían. Por eso no solía echarse de menos, una formación más organizada, contentas con sencillas instrucciones, buenos ejemplos y la consabida contradicción de la voluntad casi sistemática, que sería  acaso exagerada y tal vez resultase hoy contraproducente, pero antes y con las disposiciones de absoluta entrega, solía producir magníficos resultados, porque curten y preparan, para las dificultades y verdaderas exigencias de la vida religiosa. Esto ella debió estimarlo.

En todo caso no se desanimó, sino volviéndose a Dios le pidió fuese El mismo su formador, y se puso a estudiar la Santa Regla de Santa Clara, que la entusiasmó, así como el espíritu se N. Padre San Francisco, que tanto había de encajar en el suyo. Tomó el hábito el 17 de febrero 1907 y profesó en 21 de abril 1908 los votos solemnes 1911.

Una vez profesa, convencida como nos decía que la postura tomada entonces era fácil mantener toda la vida, se entregó desde el principio a la más fervorosa observancia de la Regla y cuánto fuese imitar a Cristo crucificado, tenía para ella carta de recomendación.
Hubo entonces un confesor en la Comunidad que dejó fama de permitir y aun mandar penitencias extremas de ayunos, vigilias en la noche y de todo género. Tanto Sor Verónica, como otras hermanas también, muy fervorosas, supieron aprovecharse; algunas al decir lo terrible y exigente que era para las que encontraba dispuestas a ser generosas, las estimulaba. Era este sacerdote Canónigo de la Catedral, muy docto y edificante, fue muy estimado en esta Comunidad, puesto que perseveró de confesor muchos años dejando muy buen rastro, por la virtud eminente de las que más se entregaron a su dirección.

Este Padre fue el único director que supo influir en sus primeros años, hasta que se encontró con el P. Mariano de la Vega, que también la dirigió algún tiempo.
Este P. no era exigente solo, en lo que se refería a penitencias, sino en todo y sin usar de severidad, porque era muy amable. Debía saberse de memoria la Imitación de Cristo, porque solía ponernos de penitencia cuando confesábamos, un determinado capítulo del Kempis, que siempre resultaba ser el más apropósito para corregir las faltas confesadas. Fue siempre muy estimado de ella y no es extraño que con su dirección tomase vuelo su espíritu de penitencia.

En esos primeros años de vida religiosa, fue sencillamente, bárbara consigo misma. Debía tener buena salud, y querer Dios que llevase esa vida tan dura, porque lo resistía. Comía poco, hacía largas vigilias y no se cuidaba de frio ni de calor, no siendo por obediencia, no cerraba ni abría la ventana de la celda, ni se ponía, ni quitaba mantas, fuera la temperatura que fuera. Así tenía continuos catarros a los que tampoco hacía caso. La oí contar que una vez se alarmó porque tuvo un vomito grande de sangre, tomó algunas precauciones por si era cosa de contagio, pero ni lo dijo, ni dejó de seguir su vida ordinaria, y el caso es que no se repitió.

Cuentan que cuando la M. Abadesa la encontraba desmejorada, la mandaba se presentase al médico, pero ella, antes se lavaba bien la cara y se daba buenos cachetes con la que apareciendo sonrosada, no hacía caso el médico.

Toda esta vida de penitencia la llevaba por supuesto estando cargada con oficinas de mucho trabajo, ya que era ordinario, que fuese cocinera o enfermera, y empleándose en sus oficinas con toda generosidad y sacrificio. E incluso a más de los trabajos de sus oficios, todavía le quedaban ánimos para  ofrecerse a la Madre y hacer limpiezas extraordinarias de la casa en las siestas o ratos libres no se la veía desocupada. Como en la Comunidad no se admiten legas hay que hacer todos los oficios y trabajos.

 

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