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María del Carmen Lagasca López (Capítulo I)

Nació en León el 21 de abril de 1885 su nombre María del Carmen Lagasca López, de familia acomodada y buenos católicos, los padres eran originarios de Madrid, donde pasaban grandes temporadas con sus familiares. Su abuelo el célebre botánico a quien se debe el Jardín Botánico de Madrid, tiene dedicada una calle del barrio de Salamanca, (Calle Lagasca).

En León tenían una buena casa en lugar céntrico, que pudo reconocer cuando después de la guerra fue allí con la Comunidad.  
La primera educación la recibieron ella y su hermana en el colegio de las MM. Carmelitas de la Caridad, como mediopensionistas. 
Desde entonces es la anécdota que nos contaba: cuando cumplió los siete años, la dijeron que ya tenía uso de razón y era pecado cualquier cosa mala que hiciese, y sucedió que el mismo día, tomó de la mesa que estaba preparada para comer, unas aceitunas, pero acordándose que ya tenía siete años empezó a llorar a gritos diciendo, “He perdido la gracia bautismal”, hasta que enterada su madre le dijo: que había hecho mal, pero que no por eso había perdido la gracia bautismal. La mamá debía ser muy exagerada para cuidarlas porque la oímos comentar, como la hacía poner mucha ropa para ir al colegio. Contaba también los extremos cariñosos que tenía con ella.
Pronto quiso Dios quitarle los consuelos naturales, porque siendo de 12 años murió su madre, dejándola un enorme vacío. Su Padre viéndose viudo, con dos niñas y un niño de siete años, provisionalmente aceptando ofrecimientos de los hermanos de la madre, les confió al niño, y a las niñas las llevó a Barcelona a casa de otros tíos paternos que tenían niñas poco mayores que ellas.

En Barcelona, a pesar del lujo y cuidado con que las atendían, las dos huérfanas notaron una gran diferencia, entre el calor familiar de la casa de sus padres y aquella otra familia tan distinta, con la que anteriormente no habían tenido trato. Debió empezar a sufrir mucho allí, añorando la antigua vida de familia sobre todo el cariño de su madre, cuando podía se iba sola al jardín de la casa y allí a la vista de la hermosura de la naturaleza, pensaba en Dios que lo había creado todo…sin duda empezaba ya Dios a descubrirse a su inocente alma. Ella decía que no había empezado a ser atraída por Jesucristo, como es lo ordinario, sino por Dios mismo, que no sabía cómo se le hacía sentir.

Debió de alargarse la estancia de las niñas en Barcelona, porque  allí murió su hermanita, para completar su sufrimiento y soledad. Y debió ser por entonces cuando también su padre llegó a una total ruina por una desafortunada jugada de Bolsa a la que era muy aficionado.

Debía tener unos 16 años, cuando la encontramos en Madrid con su padre, en un pisito ya en muy distintas condiciones de vida. Su padre que tenía que ausentarse de casa a sus ocupaciones, dejándola sola todo el día, y observando que su hijita estaba llamando demasiado la atención a algunos por su extraordinaria belleza (que hemos oído ponderar también a otros familiares) no se le ocurrió mejor solución, que internarla en el colegio de Josefinas, que tenían entonces las Adoratrices en la calle Princesa.

No deja de ser extraño que las hermanas de su madre, que tenían a su hermanito y que querían mucho a María del Carmen, y con quienes pasó largas temporadas no pretendieran llevarla definitivamente y hacerse cargo de ella, debieron tener algún reparo por causa de su padre.

Todos estos cambios de vida, tan bruscos supusieron para María del Carmen, sufrimientos y desengaños, con los que Dios empezaba a obrar su interior purificación. Así lo estimaba ella y reconoció sobre todo, que su estancia en las Adoratrices, fue una inmensa gracia de Dios.

Era este colegio pobre y humilde, como gratuito, en consecuencia tanto el ambiente de las compañeras como el trato, era muy distinto a lo que estaba acostumbrada. Dice que pasó mucha hambre y le costó mucho el trabajo que hacían ellas mismas de lavar, fregar, etc…pero que todo ello la vino muy bien. A esto se juntó, que pasó allí su noche oscura (noche interior) de internos sufrimientos, el caso es, que allí empezó a entregarse de veras a Dios y aun añadía por su cuenta, penitencias y velas nocturnas al Señor sobre las que le concedían durante el día, en las que debió recibir notables gracias del Señor.

Sor Caridad

 

 

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