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Sor Verónica Lagasca -Capítulo IV

Tal vez por su trabajo de continua abnegación, se hace difícil explicar su modo de ser natural o temperamento. Por su aspecto físico, parecía sanguínea y su vehemencia y afabilidad pudieran confirmarlo, pero por otro lado tenía una tenacidad y constancia castellanas, que no dejan de desmentirlo…No sé si en ella prevalecía la voluntad, la  cabeza porque era inteligente y a pesar de ser naturalmente apasionada, la virtud y la gracia, habían encaminado la impetuosa fuerza de su afectividad hacia Dios y sus intereses; además el propio dominio no le fallaba, solo a veces se la conocía el esfuerzo que hacía al vencerse.

La nota característica de su espiritualidad, parecía ser, ese contrariar y machacar todo gusto o querer natural, lo practicó siempre y lo enseñó también. Igualmente aconsejaba castigar las propias faltas con algo que doliese bien, y sospechamos, que las quemaduras que veíamos con frecuencia en sus manos no eran casuales, sino hechas de intento sea para castigarse o para ayudarse en sus luchas por la virtud. No creo que éstas, tuviesen motivo de tentaciones contra la castidad, me parece que no las experimentó, aunque era muy acertada para ayudar a las que las padecían y nunca daba a entender que las desconocía.

Tampoco creo fuese su campo de batalla la tentación de la ira, sería más bien, probablemente, la lucha contra la soberbia y el egoísmo o contra faltas internas de caridad contra el prójimo lo que pudo costarle generosos esfuerzos.

Desde luego, su modo de ser tan original y destacado de lo corriente, debía ser el motivo, de que fuese siempre o sumamente estimada y querida o enteramente incomprendida. Ni es extraño que los que no calaban el fondo de sus excelentes virtudes y dones de Dios, o fuesen de muy contrario modo de ser, al ver las extremosidades de su carácter y sus externos defectos, no se diesen cuenta de la hondura de su fortaleza, ni del grado de desprendimiento y amor de Dios y del prójimo que suponía una vida tan heroicamente entregada y un tan absoluto olvido y desprecio de sí misma. Seguramente, entraba todo ello en los designios de Dios, que juega con nuestros mismos defectos y acaso faltas, para santificarnos a nosotros mismos y a los demás también. Era inesperada en las cosas que decía a veces, así recuerdo mi sorpresa cuando a mi ingreso, dándole el abrazo, poco después me dijo. “Lo que he pedido para que no entrase,… gracias que en seguida añadió, si no ha de ser de verdad monja”. Pero otras veces no explicaba su idea y sólo conociéndola se podían comprender.

Una de sus preocupaciones que le duraron hasta su ancianidad era tener noticias de política, nos hacía reír cuando en el recreo o en cartas preguntaba: ¿“qué hay de política?” Era una curiosidad no sólo sana, sino santa, puesto que el motivo era para encomendar a Dios sus asuntos de la patria o de donde estaba (porque en Lima hacía igual)- En cambio, nunca preguntaba noticias de Cuba donde tenía su hermano. Creo fue ella la que poco antes de la guerra nos repartió por suerte a cada una un político, de los de peores ideas, para que nos aplicásemos a conseguir su conversión. Por cierto, que la oímos decir, que cuando murió Canalejas asesinado, ella sin saberlo y antes de suceder, no pudo aquella mañana hacer otra oración que pedir por él. Este hecho, parece comprobar lo que dice San Juan de la Cruz sobre la purificación de la memoria, que los que han llegado a ella, son movidos por el Espíritu Santo a recordar determinadas intenciones que Dios quiere conceder, en cambio se olvidan o no son capaces de encomendar con interés, lo que El no quiere que se encomiende.

En algunos casos de estos sea de asuntos difíciles de política o bien tratándose de pecadores, hacía penitencias extraordinarias, recordamos por ejemplo, cuando nos encargaron pedir por D. Ramón Franco (hermano del Jefe del Estado) y alguna monja le oyó darse disciplinas tan atroces y entre quejidos, que la llamó la atención, e hizo la oyesen otras, sin que la Madre se enterase, dicen que sólo repetía: “Franco, Señor, Franco”, y parece ser que pudieron comprobar se repitió esto varios días.

El don de fortaleza lo tuvo desde luego en alto grado, tanto para maltratarse con penitencias, como para aprovechar ocasiones de sacrificio. Sobre el poco caso que hacía de sí misma, hay varias anécdotas. Una que en vez de salir al dentista (se entiende salir a la sala del médico ya que entonces no se salía a nada) para sacarse alguna muela, la vieron atarse el hueso con un bramante y atar el otro lado a una reja, luego tiraba y así se la sacaba y decía no tener valor para hacerlo de otro modo… en una ocasión se rompió un diente y se desgajó la encía, por un golpe que se dio al besar el suelo a oscuras, contra una tarima. Quién lo presenció, viendo lo que sangraba, porque con una tijera cortaba lo colgante, fue a avisar a la Madre, pero ya al volver no la encontraron. La buscaban y no aparecía y era, que como habían tocado a Completas, se debió enjuagar con algo para que se le cortase la sangre y se fue al antecoro, donde antes nos reuníamos de rodillas y donde la madre daba la señal para entrar juntas al coro, y la pareció lo más natural, porque la cosa no había sido nada…

Esto contrastaba, con su delicadeza para con las demás, sin embargo, cuando veía disposición y tuvo monjas a su cargo, aunque por un lado se deshacía por quitar molestias, era también a veces dura y fuerte, para animar a la mortificación. Así recuerdo que en una ocasión en que una difunta se descompuso hasta hacerse espantoso el verla, como vio que una se retiraba, la mandó que se detuviese mirándola, venciendo su cobardía. Pero estas cosas no las hacía a todas, sabía calibrar la capacidad o gracia de cada una para estos actos de vencimiento, que son heroicos.

Aunque no consta que haya tenido más directores que el P. Gregorio y el P. Mariano de Vega, fue siempre amiga de confesar a menudo y hacer consultas a personas competentes, con quienes era bastante larga en el confesionario. Debió ser aún joven, cuando conoció al P. Mariano de Vega (este era Capuchino y murió en olor de santidad en 1946), sabemos por un sacerdote con quien trató mucho, que el empezar a dirigirse con este Padre, fue porque en unos ejercicios que hizo a la Comunidad al acabar de confesarla la dijo este Padre, “la plática de ahora va a ser para V.C. y resultó verse tan retratada y comprendida que vio ser esto señal de que Dios le daba este Padre para dirigirla. Le abrió efectivamente su alma y decía haber encontrado en este Padre una  ayuda de lo más eficaz para su espíritu. Por supuesto, siguió con él toda la vida de este padre, que poco antes de morir le dijo, “no vuelva a abrir los secretos de su espíritu con nadie, mientras que en vida, o después de morir, no la aconseje yo otra cosa”, y la  Madre añadía que “como no me dijo después otra cosa, ni he tenido aviso después de su muerte…” Esta debía ser la razón de sus posteriores consultas que a mí me dijo versaban, sobre si querría Dios tuviese o no director.

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