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Primera Fundación de Clarisas Capuchinas en México XXXII

Pasaban los día en estrecha calma y comenzaban a escasear los víveres que habían dispuesto para su travesía. Los productos frescos ya estaban sustituidos por queso, aceitunas, miel, salazones... todo ello dinamizador de la sed que por momentos se hacía insoportable. Poco o nada apetecía y menos con el agua que olía a conserva mal tratada.

Poca ración y condiciones de vida, aunque el español aunque se encuentre en medio del mar busca en el fondo ese buen humor. En cubierta se simulaban corridas de toros, peleas de gallos, carreras de cerdos... teatros, procesiones... los saltimbanquis hacían la delicia de los pasajeros y, como no, siempre salía a flote un guitarrista para encumbrar un romance en alta mar.

La nave llevaba a bordo sus artesanos de la madera, herreros, maestros, para dar solución a los muchos problemas que las aguas dejaban en esas frágiles embarcaciones. La nave requería cuidados y entre todos habían de dar solución si es que querían llegar a buen puerto.

Entre infatigables luchas por gobernar cada nudo de alta mar, las hermanas seguían sufriendo los avatares de alta mar. De nada servía la enjundia de gallina o los emplastos de aceites que prescribía el médico. Los mareos seguían.

"Estamos un poco mjores del mareo que ha sido mucho nuestro trabajo y todas hemos estado muy malas, que no había nadie para nada, de que solíamos vomitar todas a una. Y para mí no fue eso lo más sino un temor grande que pensaba que el navío se hundía a cada instante"

Sólo la madre abadesa se mantenía a duras penas en pie. Dicen las crónicas que el mareo de las monjas fue tal que más de una vez escuchaba si las oía respirar temiendo no estuvieran vivas. El calor tan grande y sofocante para ellas en esos gruesos hábitos y sayal. El cofre en que llevaban sus mudas se había perdido en el puerto de Cádiz, o se lo habían robado al embarcar. Hubieron de llevar la misma ropa toda la travesía. 

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