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Primera Fundación de Clarisas Capuchinas en México XVI

En estos mediados del siglo XVII el camino de Sierra Morena era peligroso zigzagueando entre precipicios y grandes paredes rocosas. Al detenerse en Antonio de Dios, las visitó el padre general de los Basilios, quien las exhortó a misión tan grande y al preguntarles cómo sería su fundación en Nueva España, se quedó maravillado de oírlas.

Las monjas no descubrieron su rostro en todo el camino. Quienes las acompañaban no veían su rostro; ellas por su parte, en todo el camino no conocieron otra cosa que el coche y la posada. Cuando después de una dura jornada llegaban a ella, entraba en la pieza que el aposentador (que iba jornada adelante) tenía prevenida y que Francisco de Villareal examinaba, y en ella las servían la comida o cena. Las madres siempre comieron solas. Al terminar  el día, el padre confesor les daba la bendición y cerrando, se llevaba la llave del aposento en el que descansaban hasta la hora de partir.

El coche era para ellas minúsculo convento; en él rezaban a coro el oficio divino con sus pausas, hacían lectura espiritual, se ejercitaban en la oración, tenían recreo y observaban silencio.
En todo lo posible llevaban su vida conventual.  Eran dos mundos opuestos: afuera, unas tierras desconocidas, adentro, la vida espiritualmente fecunda de un conventito ambulante. A pesar de los caminos ásperos y peligrosos y pasar por ríos caudalosos,  nunca mostraron temor alguno, ni por su causa se paró el coche a pesar de los mareos que a veces sufrieron, puesto que no lo manifestaron.

Pasada la etapa más difícil del viaje, entran por caminos apacibles, descendiendo entre olivares y campos cultivados. Arreciaba el calor adentrándose en Andalucía. Su confesor, sabiendo que ellas no se quitaban el tupido velo de lana que cubría su rostro, les mandó por obediencia descubriesen la cara. Obedecieron sin réplica alguna. Acostumbradas a la mortificación y penitencia no manifestaban en ningún momento la necesidad de beber ante el gran calor que sufrían en el camino, sabiendo esto, Don Francisco de Villarreal procuraba obsequiarlas con algunas bebidas. El calor, el cansancio de  las duras jornadas se dejaban resentir en sus cuerpos frágiles y flacos, especialmente en sor Lorenza Bernarda y sor Teresa María quienes iban con calentura. La preocupación del confesor y de todos era grande al verse sin ningún sitio donde parar… 

Sor Marta Leticia

 

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