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Primera Fundación de Clarisas Capuchinas en México XV

Se reconoce que el camino va por aquí o por allá por el  movimiento de quienes lo usan; gente de a pie, una carreta que va camino del mercado próximo, la mula montada por un campesino, la litera de algún burgués que marcha hacia la ciudad. Pero en poco tiempo el panorama varía. El camino está inundado, se pierde el trazo, las carretas y coches apenas pueden seguir adelante porque sus ruedas están hundidas en el lodo, las bestias difícilmente pueden adelantar entre el barro y el agua. Los caminos siempre transitables eran ciertamente escasos. La variación más importante que se había hecho hasta mediados del siglo XVII  era la comunicación con Andalucía que, habiendo ido siempre desde Toledo por Malagón y Ciudad Real, corría ahora por Mora, Consuegra y Manzanares. Don Francisco de Villareal, conocedor de que las ventas de los caminos prestaban más servicios malos que buenos, procuró que las monjas se alojasen en casas particulares o conventos, aunque a veces tuvieran que hacerlo también en posadas.

Mora, Manzanares… después Andalucía
 
En el primer día de su camino una persistente lluvia les sorprendió. El coche en el que iban no las libraba de mojaduras. Las buenas condiciones que reunían tales vehículos en España no impedían que cuando las mulas atravesaban algún arroyo o el camino estaba encharcado, el agua que hacían saltar con las patas entrara en la litera o coche por los bajos, mojando al viajero. Así llegaron a dormir a Mora a casa de una “familia muy noble y devota”, donde hallaron gran regalo asistencia en todo. No especifica Francisco de Villarreal más sobre esta familia hidalga. De igual manera sucedió en Consuegra “villa de 400 vecinos, es del priorazgo de Sant Joan, está en llano y la fortaleza está en una sierra alta”. Después sería Manzanares. Aquí se hospedaron en casa de “unos caballeros virtuosísimos”.
   
   “Villa grande, y de cerca de dos mil vecinos, se halla bien situada en terreno llano y ya que el caserío por lo general es de tierra, habían de enjalbegar las casas como las de Madridejos y parecían mejor”.

Las gentes de los pueblos por donde pasaban las monjas, admiraban y veneraban su pobreza y silencio y procuraban agasajarlas y servirlas en lo que podían. De igual modo, con cariño y devoción, las atendían los cocheros y mozos de mulas, ponderándolo mucho don Francisco de Villarreal, por ser cosa extraña y rara en ellos. Recorrían la Mancha, campos de viña y azafrán. La Mancha seca y monótona, desarbolada y chata, sedienta en este mes de mayo por el calor. Camino adelante recorrerían monte bajo de romeros, jaras, lentiscos y coscojas. En los lugares donde era posible oír misa, por la cercanía de la posada a algún convento o iglesia, se detenían y asistían a ella, acompañadas dela comunidad o eclesiásticos. Acabadas la ceremonia, tornaban a su aposento.

Sor Marta Leticia

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