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Primera Fundación de Clarisas Capuchinas en México XLVII

La capital virreinal, la ciudad de México, se hallaba ubicada en una isla del lago. Tres calzadas unían la ciudad, con tierra firme. La calzada de occidente medía unos dos kilómetros y medio de longitud; la del norte, aproximadamente tenía unos 5kilómetros; y, la más larga de ocho kilómetros, unía la ciudad con tierra firme por la parte sur. La ciudad erra espaciosa. Sus calles, restas y anchas. Hasta seis coches podían ir de frente por ellas. Las casas bajas pero imponentes, a menudo rodeadas de jardín. Las portadas, ventanas o balcones fueron siempre de cantera blanca llamada chiluca, contrastando con el color rojizo del tezontle-palabra náhuatl- que se usaba para los muros, bien en similares o desmenuzado en mampostería. Era, pues, México, una ciudad en rojo y blanco.

Una población variopinta la habitaba: familias españolas y criollas, que moraban en el centro urbano; indios, negros y mulatos, que se hacinaban en los barrios periféricos. A cualquier hora del día una muchedumbre abigarrada y gesticulante deambulaba por las avenidas. Unas, eran caminos adoquinados o de tierra aplanada; otras, mitad tierra mitad acequia. Por estas avenidas, de tierra o de agua, las gentes se desplazaban en coches, en cabalgaduras, a pie o en lanchones de formas diversas. Por las vías de agua entraban a la ciudad, en chalanas y canoas, los productos de las tierras circundantes: pan, carnes, pescado, caza, leña, forraje. Mientras que por las calzadas, gran número de mulas sorteando mil dificultades llevaban hasta el mercado las pesadas cargas de maíz, azúcar y otras provisiones.

La ciudad, sin embargo, resultaba sucia y maloliente. Estas vías de aguas estancadas, densas, turbias y poco profundas, eran la cloaca de la ciudad y los más variados desperdicios de una población ya numerosa se arrojaban a ellas. No obstante, largas canoas de fondo plano, casi escondidas bajo ramos de flores de suaves fragancias o cargadas de las frutas multicolores de la tierra, se deslizaban sobre las aguas pestilentes hasta los mercados. En algunas fiestas especiales, barcazas mayores, engalanadas con guirnaldas y bandoleras, transportaban a lo mejor de la sociedad, incluso a la familia virreinal, por estas acequias a los lugares de esparcimiento y recreo.

Emilia Alba (Fundación del convento san Felipe de Jesús de Clarisas Capuchinas en Nueva España)

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