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Primera Fundación de Clarisas Capuchinas en México XLI

Es innegable que su travesía de España a las Indias marcó a las capuchinas para siempre. Mujeres de tierra adentro, sintieron asombro y temor cuando por primera vez contemplaron el mar en toda su grandeza y esplendor desde el piso más alto del convento de Santa María de Cádiz. Pero lo que marcó su vida no fue su contemplación del mar sino la travesía azarosa y terrible que les tocó vivir. Independientemente de las penalidades que suponía el viaje en sí, ellas tuvieron, como mal añadido, el continuo mareo, el vómito frecuente, su hábito áspero y sofocante, el velo cubriéndolas el rostro de continuo, la falta de ropas de muda para alivio de sudores y olores corporales, perdida su arquilla en Cádiz, las aguas anegando su cámara: “… y estando más de un mes vomitando, no teníamos un pañito en que limpiarlos”. Cuando por fin desembarcaron, consideraron el viaje muy feliz por haber salido con vida:
 
… que a los principios parecía cosa imposible, según estábamos de todas suertes malas y atemorizadas de las tormentas tan grandes que ha habido…” Durante toda su vida recordarían la travesía de la mar océano. Instaladas en México, pronto empezaron a llamarse a si mismas “navegantas” y al Cristo que las había acompañado desde Toledo, el “señor navegante”. Hermoso nombre con el que aún se le llama entre las capuchinas del convento de San Felipe de Jesús en Coyoacán donde hoy está. Sor María Felipa no lo duda cuando escribe: “sólo puedo decir que no hay en esta vida, mayores trabajos que los que se pasan en el mar”.
 
Aquellos meses de navegación padeciendo juntas, soportando codo con codo trabajos, miedos, sobresaltos, desazones y fatigas, sirvieron como lazo de unión entre ellas, forjando un vínculo fortísimo que las uniría ya para siempre y que emergía en determinados momentos. En una ocasión preguntaba sor Teresa María a sor Lorenza Bernarda por qué la aguantaba tanto y la abadesa contestó:
 
¿No ve, hija mía, que hemos pasado el mar juntas?”. Con esto se derraman algunas lágrimas, acordándose de lo que se ha pasado. “Todo es poco por el señor que se hace”.
 
Escribían a don Francisco de Villareal y le comentaban qué consuelo tan grande sería parar ellas verle por aquellas tierras y que sólo por Dios se puede hacer el navegar, que para volverse a embarcar se lo había de decir “a voces”:
 
“...pero cuando considero, que era forzoso pasar el mar, no me es posible quererlo, aunque fuera con la mitra de arzobispo, sólo por quererlo Dios se puede hacer el navegar. Sor Teresa dice que si se ofreciera volvernos a embarcar que se lo había de decir Nuestro Señor a voces. Y, por menos que esto, no lo hicieran

Emilia Alba (Fundación del convento san Felipe de Jesús de Clarisas Capuchinas en Nueva España)
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