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Autobiografía de la M. María Ángeles de Cádiz V

Vuelvo a cuando tendría unos 10 años, jugando en casa tiré por una ventana baja a un hermanito dándole un empujón porque el no se atrevía a tirarse, de resultas del golpe tuvieron que operarle la cabeza y por poco se mata, todos en casa se empeñaron en hacerme reflexiones sobre mi barbaridad y aunque no debí darlo a conocer lo consiguieron tan bien que sufrí mucho de pensar lo que había hecho. También recuerdo de entonces que dije una blasfemia por enfado, jugando, y como la oyó mi madre también me lo afeó, que creí había sido pecado mortal, pero no tuve reflexión seguramente. Mi madre nos reunía antes de confesar a hacer el examen y nos repartía los pecados y lo que ella no decía nos lo decíamos unos a otros, siempre nos llevaba a confesar a los Jesuitas, pero esa blasfemia recuerdo la confesé en las Capuchinas del Puerto que estaban enfrente casi de casa y como me chocaban aquellas monjas, por decir disparates y hacer reír decía que yo iba a ser capuchina, y ya ve, acerté.

Con ser mi madre tan buena como  ve por su serenidad y el carácter fuerte y nada cariñoso conmigo, pronto la cogí tal aborrecimiento, que no era odio, de 10 años era cuando para escribirla desde el colegio del Puerto, se me resistía la pluma a ponerle “querida madre”. A las monjas del colegio tampoco las quería, pero creo que todo fue traza de Dios providencial para frenar mi carácter tan demasiado alegre y expansivo que hubiera sido peligroso de no tener el contrapeso de sufrimiento que me causaba el ser tan incomprendida, porque desde luego, nadie creía que tenía corazón, ni algún buen sentimiento y voluntad de ser buena, como creo que tenía en el fondo, solo me convertía todos los años en la novena de la Purísima y en el mes de mayo.

La vigilancia de mi madre fue tanta que nunca me dejaba ir sola con otras niñas y eso me contrariaba mucho pero comprendo lo necesario que era en mi más que en otros porque con todos tomaba confianza y hacía amistad. Un verano que pasamos en Sevilla aprendí a montar a caballo, me gustaba muchísimo, tendría doce años y eso fue la ocasión del mayor pecado que recuerdo en cuanto a resistencia a la gracia, le estuve toda una tarde contando a una amiga (en el colegio de Sevilla fue) una sarta de mentiras sobre las habilidades que yo hacía a caballo, que tuve inspiración varias veces de confesarla que era mentira todo lo que decía, pero no lo hice, me quedó mucha pena de aquel pecado que aunque venial comprendía ser de importancia y propuse en penitencia no decir nunca que sabía montar a caballo, lo cumplí hasta que siendo de 18 años en una casa de campo donde estaba con más amigas que tenían caballos lo dije y me castigó Dios porque queriéndome lucir y estando mirándome por las ventanas di una caída ridícula, sin hacerme daño ninguno.

Recuerdo también de aquellos últimos años en Sevilla la simpatía que empecé a tener por la Santa Pobreza al ver el convento de las HH. de la Cruz.  Pero de conducta era cada vez peor y al trasladarse mi familia a Madrid en 1913, como tenía que ir a un colegio de Madrid pensé convertirme pero se conoce que las Madres de Sevilla habían informado ya y me recibieron diciendo: “Buena pieza nos viene…” y con eso se deshicieron mis propósitos y como ya era otra edad, fui mucho peor porque me hice amiga de las más malas del colegio y a tanto llegué que por tres veces quisieron echarme del colegio y una de ellas porque mi madre lloraba me dejaron y eso me hizo algo de impresión, peor no estaba a cambiar.

No me aplicaba  nada a los estudios y aún creí que era tonta pero una monja me dijo que si quería sería la primera en clase, me estimuló y lo conseguí pero sólo en lo que me gustaba, las demás asignaturas ni atendía en clase, ni estudiaba. Lo peor fue las amistades que ahora entiendo no me convenían y no sé si las monjas notaron que yo no tenía malicia y quisieron separarme, o fue cosa de Dios, el caso es, que por un castigo muy extraordinario, me pusieron con las mayores en el estudio y recreo y sólo en clase que no podía hablar las veía, de no haberme apartado creo que me hubieran perjudicado mucho porque ellas tenían más conocimiento de cosas malas y de mundo.

Sor Caridad

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